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Ira, o cómo perder completamente la paciencia

La ira puede estar provocada simplemente por un atasco o un ascensor que no funciona, un café mal puesto o un atasco. María Moliner en su diccionario la define como “enfado violento, en que se pierde el dominio sobre sí mismo y se cometen violencias de palabra o de obra”; entre sus sinónimos están la cólera, la furia, el furor o la rabia. La ira es un impulso irracional, un estallido que surge y que es muy difícil controlar, que hace perder incluso el dominio sobre uno mismo.

Se diferencia del enfado en que viene por una situación que te supera mientras que generalmente, un enfado nos lo provoca una persona. Además, el ataque de ira tiene veces un punto justiciero, de tomarnos la justicia – de forma un tanto torpe y primitiva- por nuestra mano o devolver un golpe que la realidad nos ha dado. El estallido surge porque de golpe (como dice Alain de Botton) perdemos la paciencia, esa cualidad para sobrellevar los imprevistos y aceptarlos, así como para ponernos en el lugar del otro. Está muy relacionado con cómo gestionamos nuestra expectativa de la realidad: esperamos una perfección que no existe. Al final, nuestra ingenuidad parte de pensar que las cosas van a estar ordenadas, van a ir bien; que la realidad es perfecta cuando verdaderamente el caos impera.

Hoy, con los avances tecnológicos, esperamos aún más perfección: contamos con que todo está previsto, todo funciona, todo está organizado. Si hemos enviado a unos astronautas a la luna ¿cómo no va a funcionar un ascensor? Pero todo es una ilusión. Por mucho que perfeccionemos las tecnologías, el caos sigue predominando en nuestra vida, y seríamos más capaces de permanecer en calma y conservar la paciencia si fuéramos más realistas respecto a cómo salen realmente las cosas.

Y en términos filosóficos, los expertos en manejar expectativas son los estoicos. Marco Aurelio, el filósofo emperador, escribió durante sus campañas bélicas sus ‘Meditaciones’ en las que da el siguiente consejo: “Al despuntar la aurora, hazte estas consideraciones previas: me encontraré con un indiscreto, un insolente, un envidioso, un insociable…” Lo cual, trasladado al siglo XXI, equivaldría a decirnos cuando vamos a coger el coche: hoy me voy a encontrar con un torpe que no va a saber conducir, con un insolente que, encima, cuando le recrimine que conduce mal, se va a encarar y vamos a acabar en una de esas violentar discusiones de tráfico.

¿CÓMO MANEJAR LA IRA?

Aristóteles en su Etica a Nicómano desarrolla una ética de la virtud. Explica que las virtudes son hábitos que uno cultiva y eso, a la larga, va forjando el carácter y haciéndonos más virtuosos, por tanto más éticos. La buena vida, la vida feliz por la que se pregunta el filósofo es la “buena vida ética”. Y cuando elabora su catálogo de virtudes, Aristóteles siempre se rige por un criterio: el equilibrio virtuoso.

Cuando se trata del enfado nos habla de cómo encontrar ese lugar perfecto y equilibrado. Dice: “Respecto de la ira, existe también un defecto, un exceso y un término medio”. Al que peca por exceso lo llama “iracundo” y al que peca por defecto “incapaz de ira”; mientras que quien encuentra el justo medio es “apacible”. Pero claro, situarse en este punto es difícil, precisamente porque la ira es un estallido más fuerte que nosotros, que no podemos controlar. Para controlar ese estallido y lograr el término medio, el consejo de Aristóteles sería el siguiente: antes de enfadarte, piensa si ésa es la persona con la que tienes que enfadarte, si lo estás haciendo en el momento oportuno, y gradúa tu enfado para que sea proporcional y justo, con la razón debida, y con las formas debidas.

Fuente:

CADENA SER http://cadenaser.com/programa/2017/04/17/la_ventana/1492451446_696061.html

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